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Lucero, la niña hecha mujer En el pueblo de Ocros, distrito de Huamanga, ubicado en el departamento de Ayacucho, tierra de esbeltas vicuñas y aves que posan dócilmente en la puna, ahí vivía Lucero, junto a su madre. Para Lucero, los días eran difíciles porque su madre la maltrataba y siempre le reprochaba que, a causa de su llegada, su esposo la había dejado. Un día una de sus tías le contó que sus padres, Isabel y Máximo, se querían mucho. Tu papá estaba muy ansioso de tu nacimiento -le dijo, pero él quería que llegue un hijo hombre. Por las tardes le acariciaba la panza a tu mamá y le cantaba: Hijito mío, pronto llegarás Y cuando seas grande, tú me ayudarás Juntos labraremos esta bendita tierra, y cuidaremos de nuestros animalitos. Lucero sonreía cuando su tía le contaba esas historias. A través de ellas, sentía el cariño que le había brindado su padre. Tía, me cuentas, ¿cómo nací? – preguntó Lucero. Y su tía le dijo: Cierta mañana, Isabel iba al corral del pueblo y tu papá le pidió que no vaya, pues ya estaba en días de dar a luz. Pero tu mamá le respondió que no tenga temor, pues ella era una mujer fuerte. Y así tu mamá se fue hacia los jatos, iba cantando cuando a medio camino comenzó con los dolores de parto y como mujer fuerte que era, como somos las mujeres de este pueblo, ahí te trajo al mundo. Ella misma cortó su placenta con una piedra filuda. Y cuando quiso abrigarte con su manta, se dio cuenta que eras una niña. ¡No!, warmicha, no- gritó tu mamá, yo quería mi jari, ahora qué le diré al Máximo- era la preocupación de Isabel. Mejor la dejaré por aquí y diré que nació muerta- fue su pensamiento desesperado. Y así lo hizo, te dejó sobre unas pajas. Y cuando regresaba a su casa se encontró con su suegra, doña Victoria Morales. ¿Qué haces por aquí, Isabelacha? ¿Ya no tienes panza? ¿Ya nació mi nieto? ¿Dónde está? ¿Ya Máximo estará contento?, era una avalancha de preguntas. Tu mamá agachó la cabeza y le dijo: -Ha nacido mujer, por eso la he dejado en el camino, encima de unas pajas. -¿Cómo vas a hacer eso? – le reprochó doña Victoria- ahora mismo vamos a regresar Isabelacha, recoges a tu hija y le vas a dar de mamar, no seas mala madre. Así fue como tu madre Isabel y tu abuela Victoria llegaron hasta tu casa. Pero cuando tu padre te vio y supo que eras una niña en vez del varón que tanto deseaba se molestó mucho. Todos los familiares le calmaron diciéndole que así Dios manda y que hay que aceptar su voluntad. A las pocas semanas te bautizaron y te pusieron de nombre Lucero, porque desde pequeña has tenido unos grandes y hermosos ojos. Pero desde ese tiempo ya tus padres empezaron con los problemas y cuando tú cumpliste los dos años, tu papá se alejó del hogar. Por eso tu madre se quedó con mucha tristeza y rabia contra la vida. Cuando su tía le contaba esta parte de su historia, Lucero sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas. Desde pequeña, Lucero, iba a cuidar las ovejas de sus tíos y en pago ellos le daban maíz, leche, queso y otros alimentos que traían de la ciudad, pero Isabel nunca estaba conforme y siempre le echaba la culpa a su hija, por todas las cosas malas que le sucedían. -Mujer, no sirves, no vales nada – le reprochaba Isabel a su hija. Y Lucero apretaba los labios y en silencio lloraba. Lucero siguió creciendo y ya tenía 12 años, se había convertido en una adolescente muy hermosa. Tenía una belleza silvestre y natural, como las esbeltas vicuñitas de su región; más de un jovencito quería conquistar su corazón, pero Lucero no tenía tiempo para esas cosas. Uno de esos días llegó al pueblo un apuesto vecino, era Celedonio, quien había regresado de Lima a celebrar sus veintisiete años junto a sus padres. Celedonio vestía ternos y en su bolsillo llevaba siempre su quena, todas las chicas del barrio suspiraban por él; pero Celedonio había quedado impresionado por la belleza de Lucero. Cuando la veía pasar se acercaba a ella y le cantaba: Ay, Lucerito, con tus ojos bonitos, has conquistado mi corazón. Ay, Lucerito, tú eres la luz que mi vida necesita. Te necesito para ser feliz. Lucero, por su parte, no tenía interés en Celedonio, pero su madre Isabel quería que se junten, pues pensaba que el joven tenía alguna fortuna en Lima. Y fue así, que las madres de Lucero y Celedonio arreglaron para que ellos se casen. Y llegó el día de la boda, todo parecía felicidad, pero a los tres meses de casados, Celedonio y Lucero se separaron. Él decía que ella no sabía comportarse como la señora de la casa y tampoco sabía cocinar. Así fue como Lucero regresó a su casa, junto a su madre. Ella no paraba de gritarle que no servía para nada, ni para contentar a su esposo. Lucero sufría mucho, pero se consolaba pensando: -Mejor estoy en mi casa, junto a mi madre, en lugar de estar junto a un hombre que solo sirve para tomar y chacchar coca. Pero en el fondo, Lucero extrañaba a Celedonio, pues en los meses de convivencia él nunca le había ofendido. Pero la tía que siempre iba a saludarle, llegó una de esas tardes a su casa y le dijo que mejor denuncie a Celedonio, pues aún era menor de edad. Y luego se fue a casa de Celedonio a reclamarle. Cuando Celedonio se enteró que podían denunciarle fue a conversar con su mamá y con Isabel para arreglar las cosas. Ya en casa de Isabel, Celedonio conversó con Lucero y le dijo que le perdone por haberla dejado abandonada, le pidió que regrese con él, porque eran esposos y le prometió que él le enseñaría a cocinar, pues en Lima había aprendido. Lucero aceptó el pedido de Celedonio y le dijo que lo que más le molestaba era que se iba con sus amigos a tomar. También le aseguró que aprendería a cocinar. Y le hizo prometer que le apoyaría para que pueda continuar sus estudios de Secundaria. Entonces, Lucero y Celedonio volvieron a juntarse y luego de unos meses, Celedonio recibió una oferta de trabajo desde Lima, su padrino le había conseguido un trabajo en una ladrillería. Esta fue una gran oportunidad, Lucero continuaría sus estudios en Lima y dejaría atrás los tristes momentos que había vivido en su pueblo. Ahora, ya convertida en adulta, por el matrimonio, se abriría un mejor porvenir.

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Dernière mise à jour : 2020-10-18
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Espagnol

El objetivo de este trabajo es indagar el hábito de lectura en los estudiantes de primero de secundaria comunitaria productiva en la Unidad Educativa “Cnl. Ciro Mealla” ubicada en el departamento de Santa Cruz de la provincia Ñuflo de Chávez, con los estudiantes de primero de secundaria comunitaria productiva durante el periodo académico del año 2019. El artículo se trabaja bajo el enfoque del Modelo de Descolonizador Indígena a través de instrumentos de investigación que relacionen a nuestra temática del hábito de lectura. La investigación permitió identificar las causas de la falta de los hábitos de la lectura a partir de preguntas concretas utilizando en los padres de familia, maestros y estudiantes los cuales consideran que la ausencia del hábito de lectura trae consecuencias como la mala ortografía, mala redacción y dificultad en la expresión oral. - De la misma manera se muestra evidencia respecto a las ventajas del hábito de lectura como: la de tener ideas propias, de argumentar y persuadir, ser imaginativos y que tengan un pensamiento propio frente al público

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Dernière mise à jour : 2020-08-15
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Espagnol

El objetivo de este trabajo es indagar el hábito de lectura en los estudiantes de primero de secundaria comunitaria productiva en la Unidad Educativa “Cnl. Ciro Mealla” ubicada en el departamento de Santa Cruz de la provincia Ñuflo de Chávez, con los estudiantes de primero de secundaria comunitaria productiva durante periódico académico del año 2019. El artículo se trabaja bajo el enfoque del Modelo de Descolonizador Indígena a través de instrumentos de investigación que relacionen a nuestra temática del hábito de lectura. La investigación permitió identificar las causas de la falta de los hábitos de la lectura a partir de preguntas concretas utilizando en los padres de familia, maestros y estudiantes los cuales consideran que la ausencia del hábito de lectura trae consecuencias como la mala ortografía, mala redacción y dificultad en la expresión oral. - De la misma manera se muestra evidencia respecto a las ventajas del hábito de lectura como: la de tener ideas propias, de argumentar y persuadir, ser imaginativos y que tengan un pensamiento propio frente al público

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Dernière mise à jour : 2020-08-15
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Espagnol

¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos. Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir. En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano. Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared. Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego. «Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho: -Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios. Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa. - ¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Apresuróse a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor. Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente... Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

Quechua

Dernière mise à jour : 2020-08-09
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